"El desarrollo es más que un número"
Amartya Sen
El rostro resignado de la anciana
recicladora que camina por las calles, la mirada de resentimiento detrás del
atracador de bus de servicio público, y la actitud juguetona de la niña de pies
sucios que pasea por una popular tienda de zapatos, son tres de las miles de
caras que tiene la pobreza. Mientras los académicos realizan rigurosas investigaciones
que son insumos para potenciales políticas públicas, las fundaciones y
comunidades religiosas hablan de los voluntariados de tiempo completo. Pero
caer en la posición sabelotodo de la academia o en la posición de mártir del
voluntario, son dos extremos que desvían completamente la discusión de la
superación de la pobreza hacia reconocimientos particulares en los cuales, los
últimos protagonistas, son los considerados “pobres”.
Empecemos por la academia.
Difícilmente olvidaré la frase que un profesor me dijo, acto seguido de las protocolarias
felicitaciones, al enterarse que mi proyecto de investigación sería financiado:
“Es que ahora sólo se financian los proyectos de darle pan a los pobres”. Sin tomarme de entrada el comentario a
mal, pensé en ese entonces que son esos el tipo de proyectos que se necesitan
desarrollar. Sin embargo, me tomaría varios meses comprender que, para la
academia en economía que habla de pobreza y desarrollo económico, lo realmente
importante nunca ha sido darle pan a los
pobres, sino demostrar sofisticada y convincentemente que la pobreza
existe. Más desconcertante es hacer seguimiento a qué pasa una vez se tiene
certeza de este “novedoso” hallazgo, pues para demostrar la efectividad de un
programa antipobreza, una mitad aleatoriamente escogida de una población
catalogada como pobre, debe permanecer pobre. A esto se le dedican millones de
dólares.
Saltemos al otro extremo, al
voluntario que deja su casa para ayudar a la población vulnerable por meses e
incluso años a cambio de nada. O al menos, a cambio de nada material. Como
voluntaria ocasional, siempre me he enfrentado a la contradicción entre la sensación
personal de altruismo desinteresado, y la desazón que provoca ver que regalar
comida o ropa es como darle un dolex a quien se sabe que necesita quimioterapia.
Todos tenemos nuestros motivos para ser voluntarios, o al menos para querer
serlo de manera comprometida. Para algunos, ser voluntario es la manera de
retribuirle a la sociedad su condición económica semi o completamente
privilegiada. Para otros, es una oportunidad de vanagloria personal a expensas
del “hice algo por los demás”. Para otros, una excelente referencia en la hoja
de vida. Pero la gota que rebosó mi vaso fue encontrar agencias internacionales
en las que no sólo se debe pagar una millonada digna de un tour por África para
poder ser voluntario, sino que el voluntariado es precisamente eso: un tour por
África, que promete “cambiar tu vida”. Vas unas semanas a una comunidad, los
observas, trabajas en lo que te digan, y la última semana es de safari. Bajo
este esquema, la pobreza es un negociazo que no conviene eliminar, el negocio
del turismo altruista.
Como todo empleo existente,
trabajar por la superación de la pobreza debe tener su debido salario. Pero de
ahí, a volver la pobreza una fuente de lucro o de reconocimiento personal, hay
una gran distancia. Planteo este debate sin una solución en las manos, pero
claramente convencida de que hay que actuar. Y considero que dejar de tratar a
las personas en situación de pobreza como una subespecie humana es un gran
comienzo.
Adrianella.
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