domingo, 13 de abril de 2014

La ética detrás de la lucha contra la pobreza

"El desarrollo es más que un número"
Amartya Sen

El rostro resignado de la anciana recicladora que camina por las calles, la mirada de resentimiento detrás del atracador de bus de servicio público, y la actitud juguetona de la niña de pies sucios que pasea por una popular tienda de zapatos, son tres de las miles de caras que tiene la pobreza. Mientras los académicos realizan rigurosas investigaciones que son insumos para potenciales políticas públicas, las fundaciones y comunidades religiosas hablan de los voluntariados de tiempo completo. Pero caer en la posición sabelotodo de la academia o en la posición de mártir del voluntario, son dos extremos que desvían completamente la discusión de la superación de la pobreza hacia reconocimientos particulares en los cuales, los últimos protagonistas, son los considerados “pobres”.

Empecemos por la academia. Difícilmente olvidaré la frase que un profesor me dijo, acto seguido de las protocolarias felicitaciones, al enterarse que mi proyecto de investigación sería financiado: “Es que ahora sólo se financian los proyectos de darle pan a los pobres”. Sin tomarme de entrada el comentario a mal, pensé en ese entonces que son esos el tipo de proyectos que se necesitan desarrollar. Sin embargo, me tomaría varios meses comprender que, para la academia en economía que habla de pobreza y desarrollo económico, lo realmente importante nunca ha sido darle pan a los pobres, sino demostrar sofisticada y convincentemente que la pobreza existe. Más desconcertante es hacer seguimiento a qué pasa una vez se tiene certeza de este “novedoso” hallazgo, pues para demostrar la efectividad de un programa antipobreza, una mitad aleatoriamente escogida de una población catalogada como pobre, debe permanecer pobre. A esto se le dedican millones de dólares.

Saltemos al otro extremo, al voluntario que deja su casa para ayudar a la población vulnerable por meses e incluso años a cambio de nada. O al menos, a cambio de nada material. Como voluntaria ocasional, siempre me he enfrentado a la contradicción entre la sensación personal de altruismo desinteresado, y la desazón que provoca ver que regalar comida o ropa es como darle un dolex a quien se sabe que necesita quimioterapia. Todos tenemos nuestros motivos para ser voluntarios, o al menos para querer serlo de manera comprometida. Para algunos, ser voluntario es la manera de retribuirle a la sociedad su condición económica semi o completamente privilegiada. Para otros, es una oportunidad de vanagloria personal a expensas del “hice algo por los demás”. Para otros, una excelente referencia en la hoja de vida. Pero la gota que rebosó mi vaso fue encontrar agencias internacionales en las que no sólo se debe pagar una millonada digna de un tour por África para poder ser voluntario, sino que el voluntariado es precisamente eso: un tour por África, que promete “cambiar tu vida”. Vas unas semanas a una comunidad, los observas, trabajas en lo que te digan, y la última semana es de safari. Bajo este esquema, la pobreza es un negociazo que no conviene eliminar, el negocio del turismo altruista.

Como todo empleo existente, trabajar por la superación de la pobreza debe tener su debido salario. Pero de ahí, a volver la pobreza una fuente de lucro o de reconocimiento personal, hay una gran distancia. Planteo este debate sin una solución en las manos, pero claramente convencida de que hay que actuar. Y considero que dejar de tratar a las personas en situación de pobreza como una subespecie humana es un gran comienzo.


Adrianella.

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