Caquetá: un
territorio por descubrir
“Es cuestión de ir con los ojos abiertos, y se ve de todo”.
Fellini, el gato de Enriqueta (Ricardo Siri Liniers)
Como buena colombiana residente
en la ciudad, la violencia del conflicto armado ha llegado a mis ojos, en su
mayoría, por medio de los noticieros, o por los titulares noticiosos de El
Tiempo, que nunca ha dejado su costumbre de llegar impreso todos los días a
casa. Violencia que no cambia de formato aún hoy, pero que sí ha cambiado de
actores en el tiempo.
De chica, me impactó mucho la
noticia de la señora Ana Elvia Cortés y ese angustiante (y exitoso) experimento
de asesinato por medio de un collar-bomba que le fue puesto, y que ni ella ni
el señor de la Dijin que la socorría pudieron retirarle del cuello, no sin
ambos haber muerto en el intento. En mi mente asociativa, no puedo desligar ese
hecho con el departamento del Caquetá (aun cuando este episodio fue en Boyacá).
Desde ese entonces, el nombre “San Vicente del Caguán” se incrustó en mi
memoria, aunque para todos los colombianos ya estaba más que incrustado. Para
la Adriana de 10 años que no tenía noción de las implicaciones políticas de lo
ocurrido en este municipio, San Vicente del Caguán era un lugar curioso,
selvático, violentísimo, el lugar en que la guerrilla podía hacer lo que
quisiera, quizás cosas peores que colocar un collar-bomba y de secuestrar a
mansalva. Igual era mi percepción del Departamento del Caquetá, “la tierra que
tuvo la desdicha de tener a San Vicente en su territorio”.
El tiempo pasó, y tuve la
oportunidad de reconectarme con el país ya de joven adulta, gracias a una
oportunidad laboral. De reconocer ese territorio cálido y frio, de llanuras y
montañas, como país que define mi identidad. De estrechar un poco ese vínculo
de pertenencia hacia lo regional, hacia todo lo que está más allá de los
ladrillos del Distrito Capital y las principales ciudades. En ese proceso, la
admiración hacia las personas que no les da miedo ponerse botas pantaneras y se
van a las regiones lejanas a la ciudad a construir país, se acrecentó a pasos
agigantados. Las personas que se enfrentan al riesgo de un secuestro, de un
asesinato, a caminar los mismos senderos de la guerrilla, por trabajar
honradamente en una labor que construye país. En ese proceso, Caquetá resurgió
en mi memoria con una percepción algo transformada: la reconocí de reojo como
una tierra desconocida, olvidada, a la que nadie se atreve a ir, la tierra que
lleva el lastre de la violencia y del recuerdo del fallido proceso de paz de
San Vicente del Caguán. Se presentó la oportunidad de conocerla, y sin dudarlo
fui.
Llegué a Florencia, después de un
viaje particularmente largo en bus. No tenía demasiadas expectativas, porque no
sabía muy bien qué iba a encontrar allá. Pero al despertar al día siguiente,
entre el calor húmedo y las verdes y bajas montañas alrededor de la ciudad, me
recordaron de inmediato que estaba en un lugar desconocido, que debía abrir los
ojos de principiante. Quizás por eso, mi gran característica durante esos días
fue el silencio.
Bajo esos ojos de principiante,
empecé a caminar las calles de Florencia y los senderos cercanos a ella. Los caminos
de Morelia, La Montañita, de Belén de Andaquíes. Las calles de San José de
Fragua y Puerto Curillo. Una tierra muy quebrada, de picos de clima templado y
hermosa vista a la llanura Amazónica. Recorridos en medio de montañas en los
que la cantidad y verdor de árboles simulan muchos brócolis juntos. El aire más
limpio que he respirado, los caminos de hormigas más disciplinados que he visto.
En senderos así es que los sentidos de la vista y el oído se agudizan: un
sencillo mover de hojas puede ser la antesala a la observación de chimpancés
que tienen la fortuna de ser libres. Un paso mal dado puede ser la
pisadura de una serpiente, o una lesión en un tobillo.
Los ríos: el agua es el alma de
la tierra caqueteña. El muy amplio Río Caquetá en los límites con Putumayo, el
veraniego Río Bodoquero protagonista del Festival de Verano de Morelia, el
navegable Río Orteguaza que, sin saber por qué, me recordó el Río Magdalena.
Pero ese tranquilo encanto del agua caqueteña no se encuentra en estos
imponentes ríos, sino en los pequeños riachuelos y los y pozos incrustados en
los senderos recorridos, en las altas y abundantes cascadas que, el sólo
oírlas, renueva la energía que la rutina y la ciudad roba de a pocos. La
sensación de nadar tranquilamente boca arriba en agua templada con los ojos
cerrados, y ser el protagonista en carne y hueso de ese espectáculo que es reabrirlos
y ver el cielo azul bordeado de árboles, es la sensación más cercana que he tenido
a una verdadera meditación.
El colombiano promedio es una
persona muy amable, y el caqueteño no es la excepción. Sin embargo, la más
grande particularidad que noté en este departamento es la carencia de una
identidad propiamente caqueteña, muy a diferencia de sus vecinos los huilenses.
En el ejercicio de establecer al caqueteño en un patrón cultural, lo que
realmente noté es que Caquetá se compone de gente predominantemente migrante.
Son los huilenses, los tolimenses e incluso los paisas quienes vieron en este
departamento la oportunidad de establecer sus negocios y, por ende, el
caqueteño de nacimiento es predominantemente joven. Pero ninguno de ellos es
ajeno al conflicto armado. Todos te cuentan un tramo de la historia, el tramo
del que fueron testigos vivenciales: la extorsión, el asesinato, las tomas
guerrilleras. ¿Es la violencia ya parte del pasado en Caquetá? Esa es una
respuesta que no me atrevo a dar, pues si bien la mayor parte del tiempo me
sentí segura, hay una fuerte presencia del Ejército Nacional difícil de
ignorar. Pero lo que sí es cierto, es que aún a pesar de ese lastre, no conocí la
primera persona que manifestara la intención de abandonar el departamento. Muy
por el contrario, ven con muy buenos ojos el creciente flujo turístico que
atrae el departamento.
Un jugo de arazá, fruta
tradicionalmente caqueteña, fue la despedida de este departamento la noche
previa al regreso a Bogotá, una semana después de mi llegada. Fue una grata
manera de empezar a perderle el miedo a mi propio país, y de empezar a
reconocerme más en él como colombiana que soy. Una experiencia energéticamente
renovadora, y tan sólo fue una probadita de lo que tiene que ofrecer un
territorio tan grande. El punto de partida a los retos que transcurren en este
2014 que ya va por su cuarto mes. Un
territorio al que quiero volver, aun cuando no hay una fecha establecida para
eso. Pero cuando vuelva será a San Vicente del Caguán, tierra que para los
caqueteños es la más hermosa de su departamento.
Adrianella.
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