domingo, 6 de abril de 2014

Caquetá: un territorio por descubrir

Caquetá: un territorio por descubrir

“Es cuestión de ir con los ojos abiertos, y se ve de todo”.
Fellini, el gato de Enriqueta (Ricardo Siri Liniers)

Como buena colombiana residente en la ciudad, la violencia del conflicto armado ha llegado a mis ojos, en su mayoría, por medio de los noticieros, o por los titulares noticiosos de El Tiempo, que nunca ha dejado su costumbre de llegar impreso todos los días a casa. Violencia que no cambia de formato aún hoy, pero que sí ha cambiado de actores en el tiempo.

De chica, me impactó mucho la noticia de la señora Ana Elvia Cortés y ese angustiante (y exitoso) experimento de asesinato por medio de un collar-bomba que le fue puesto, y que ni ella ni el señor de la Dijin que la socorría pudieron retirarle del cuello, no sin ambos haber muerto en el intento. En mi mente asociativa, no puedo desligar ese hecho con el departamento del Caquetá (aun cuando este episodio fue en Boyacá). Desde ese entonces, el nombre “San Vicente del Caguán” se incrustó en mi memoria, aunque para todos los colombianos ya estaba más que incrustado. Para la Adriana de 10 años que no tenía noción de las implicaciones políticas de lo ocurrido en este municipio, San Vicente del Caguán era un lugar curioso, selvático, violentísimo, el lugar en que la guerrilla podía hacer lo que quisiera, quizás cosas peores que colocar un collar-bomba y de secuestrar a mansalva. Igual era mi percepción del Departamento del Caquetá, “la tierra que tuvo la desdicha de tener a San Vicente en su territorio”.

El tiempo pasó, y tuve la oportunidad de reconectarme con el país ya de joven adulta, gracias a una oportunidad laboral. De reconocer ese territorio cálido y frio, de llanuras y montañas, como país que define mi identidad. De estrechar un poco ese vínculo de pertenencia hacia lo regional, hacia todo lo que está más allá de los ladrillos del Distrito Capital y las principales ciudades. En ese proceso, la admiración hacia las personas que no les da miedo ponerse botas pantaneras y se van a las regiones lejanas a la ciudad a construir país, se acrecentó a pasos agigantados. Las personas que se enfrentan al riesgo de un secuestro, de un asesinato, a caminar los mismos senderos de la guerrilla, por trabajar honradamente en una labor que construye país. En ese proceso, Caquetá resurgió en mi memoria con una percepción algo transformada: la reconocí de reojo como una tierra desconocida, olvidada, a la que nadie se atreve a ir, la tierra que lleva el lastre de la violencia y del recuerdo del fallido proceso de paz de San Vicente del Caguán. Se presentó la oportunidad de conocerla, y sin dudarlo fui.

Llegué a Florencia, después de un viaje particularmente largo en bus. No tenía demasiadas expectativas, porque no sabía muy bien qué iba a encontrar allá. Pero al despertar al día siguiente, entre el calor húmedo y las verdes y bajas montañas alrededor de la ciudad, me recordaron de inmediato que estaba en un lugar desconocido, que debía abrir los ojos de principiante. Quizás por eso, mi gran característica durante esos días fue el silencio.

Bajo esos ojos de principiante, empecé a caminar las calles de Florencia y los senderos cercanos a ella. Los caminos de Morelia, La Montañita, de Belén de Andaquíes. Las calles de San José de Fragua y Puerto Curillo. Una tierra muy quebrada, de picos de clima templado y hermosa vista a la llanura Amazónica. Recorridos en medio de montañas en los que la cantidad y verdor de árboles simulan muchos brócolis juntos. El aire más limpio que he respirado, los caminos de hormigas más disciplinados que he visto. En senderos así es que los sentidos de la vista y el oído se agudizan: un sencillo mover de hojas puede ser la antesala a la observación de chimpancés que tienen la fortuna de ser libres. Un paso mal dado  puede ser la  pisadura de una serpiente, o una lesión en un tobillo.

Los ríos: el agua es el alma de la tierra caqueteña. El muy amplio Río Caquetá en los límites con Putumayo, el veraniego Río Bodoquero protagonista del Festival de Verano de Morelia, el navegable Río Orteguaza que, sin saber por qué, me recordó el Río Magdalena. Pero ese tranquilo encanto del agua caqueteña no se encuentra en estos imponentes ríos, sino en los pequeños riachuelos y los y pozos incrustados en los senderos recorridos, en las altas y abundantes cascadas que, el sólo oírlas, renueva la energía que la rutina y la ciudad roba de a pocos. La sensación de nadar tranquilamente boca arriba en agua templada con los ojos cerrados, y ser el protagonista en carne y hueso de ese espectáculo que es reabrirlos y ver el cielo azul bordeado de árboles, es la sensación más cercana que he tenido a una verdadera meditación.

El colombiano promedio es una persona muy amable, y el caqueteño no es la excepción. Sin embargo, la más grande particularidad que noté en este departamento es la carencia de una identidad propiamente caqueteña, muy a diferencia de sus vecinos los huilenses. En el ejercicio de establecer al caqueteño en un patrón cultural, lo que realmente noté es que Caquetá se compone de gente predominantemente migrante. Son los huilenses, los tolimenses e incluso los paisas quienes vieron en este departamento la oportunidad de establecer sus negocios y, por ende, el caqueteño de nacimiento es predominantemente joven. Pero ninguno de ellos es ajeno al conflicto armado. Todos te cuentan un tramo de la historia, el tramo del que fueron testigos vivenciales: la extorsión, el asesinato, las tomas guerrilleras. ¿Es la violencia ya parte del pasado en Caquetá? Esa es una respuesta que no me atrevo a dar, pues si bien la mayor parte del tiempo me sentí segura, hay una fuerte presencia del Ejército Nacional difícil de ignorar. Pero lo que sí es cierto, es que aún a pesar de ese lastre, no conocí la primera persona que manifestara la intención de abandonar el departamento. Muy por el contrario, ven con muy buenos ojos el creciente flujo turístico que atrae el departamento.

Un jugo de arazá, fruta tradicionalmente caqueteña, fue la despedida de este departamento la noche previa al regreso a Bogotá, una semana después de mi llegada. Fue una grata manera de empezar a perderle el miedo a mi propio país, y de empezar a reconocerme más en él como colombiana que soy. Una experiencia energéticamente renovadora, y tan sólo fue una probadita de lo que tiene que ofrecer un territorio tan grande. El punto de partida a los retos que transcurren en este 2014 que ya va por su cuarto mes.  Un territorio al que quiero volver, aun cuando no hay una fecha establecida para eso. Pero cuando vuelva será a San Vicente del Caguán, tierra que para los caqueteños es la más hermosa de su departamento.


Adrianella.

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