martes, 2 de septiembre de 2014

Las pequeñas violencias de la no-violencia

Uno de los aspectos que he aprendido a dominar de a pocos en el último par de años es eso que llaman “tolerancia a la opinión diferente a la propia”. Al fin y al cabo, toda disputa ideológica la ganan los argumentos, y la persona más sensata del mundo tampoco es propietaria de la verdad absoluta de las cosas. Sin embargo, no deja de causarme curiosidad los argumentos violentos que se usan para defender causas no violentas. Aclaro de antemano que esto NO ES una generalización.

Si usted es usuario frecuente de Twitter, y sigue a uno que otro pseudo “líder de opinión” tuitera, entenderá mejor de lo que le hablaré, por la sencilla razón de que Twitter es un verdadero zoológico de opiniones con un nivel de censura relativamente bajo. Es en Twitter donde he visto a defensores del proceso de paz que estigmatizan de entrada a quien no está enteramente de acuerdo con ellos bajo el título de uribista. Esa posición muy conocida en Colombia de que si no se está con la paz, se está con la guerra. Es en Twitter donde he visto cuentas oficiales de movimientos aparentemente internacionales dedicadas al veganismo en las que hasta un vegetariano es poco menos que un asesino. Es más, en Twitter he visto posiciones feministas tan intransigentes en las que hasta tener el cabello largo es promocionar el estereotipo de mujer débil. Y eso que no he mencionado a algunos grupos cristianos.

Esta corta reflexión viene a sólo una cosa, y es que toda opinión debe ser coherente con la acción que promueve. No tiene mucho sentido defender una causa no violenta por medio de lenguaje provocador o soez. Mucho menos sentido tiene crear brechas discriminatorias alrededor de las causas no violentas. A lo mejor, abandonar la posición del ”yo gano, tu pierdes” es un primer buen paso para la construcción de paz.


viernes, 8 de agosto de 2014

De calles y vida: lo que tiene que contar Gabriel Lisboa

Fue para la época de la presidencia de Alejandro Toledo cuando mis padres y mi hermano tuvieron el privilegio (al fin y al cabo viajar siempre es un privilegio, ¿no es así?) de pisar las calles de Lima. Y fue a partir de su relato, que creé una imagen mental de la capital peruana como una ciudad con fuertes contrastes sociales, quizás más fuertes que los de la misma Bogotá. Sin embargo, por varios días me sentí caminando las mismas calles y los mismos barrios que mis padres y mi hermano caminaron en ese entonces, gracias a un libro que llegó a mis manos en la última feria del libro, y del cual no había escuchado absolutamente nada antes de adquirirlo: Contarlo todo, de Jeremías Gamboa. Y les soy sincera: la Lima que describe Gabriel Lisboa (el narrador de la novela) es increíblemente similar a esa imagen limeña prescrita en mi cabeza, y que cronológicamente coinciden.

Creo que eso fue lo que me enamoró del libro, más que cualquier otra cosa: su capacidad narrativa de hacer sentir al lector no como visitante, sino como residente, de una ciudad propietaria de un bello malecón en un barrio llamado Miraflores, una Universidad de Lima que por momentos asocié con la universidad en la que estudié, los bares y vida nocturna de un sector llamado Barranco, el movimiento y pluralidad del centro histórico de Lima, y la distancia del barrio Santa Anita con el resto de la ciudad y de lo que él, Gabriel, quería para su propia vida.

De hecho, Lisboa inicia el texto marcando una posición de rechazo abierto a lo que había sido su vida luchada en el barrio Santa Anita, y que usa como su principal arma para autojustificar su constante sentimiento de estar en un lugar inadecuado, equivocado, desubicado. A tal punto lo desborda el rechazo a su origen, que decide construir una nueva vida en Miraflores en cuanto los recursos se lo permiten, una vida diametralmente opuesta a la vida en la que creció. Sin embargo, uno de los procesos más hermosos que se desarrollan en el libro es esa capacidad de resiliencia del protagonista con su pasado: si bien los hechos obligan a Lisboa a regresar al Santa Anita, en ésta segunda ocasión él se encuentra en la capacidad de mostrarle su pasado y su presente a personas ajenas al núcleo familiar que lo vio crecer. Incluso a admitir que mucho de lo que él es, se debía al Santa Anita.

El libro en sí es un retrato de vida, ¿y que no es la vida sino un conflicto de sentimientos constantemente yuxtapuestos? ¿De eventos aparentemente triviales, pero que al final son cruciales? No es complicado sentir empatía con los constantes encantos y desencantos del diario vivir de Lisboa, de los trozos de vida que se comparten con otras personas, y de sentir como propio el sentimiento de llegar a la cúspide de todo lo soñado para notar que, sencillamente,  el sueño logrado se desdibujó en distracciones efímeras de falso éxito, un falso éxito difícil de admitir y aún más difícil de abandonar. Así mismo es un relato de la constancia, de lo que me gusta llamar “hacer camino al andar”: la construcción de un camino de vida que, sin ser conscientes de ello,  es construido con los pasos que debemos recorrer antes de encontrarnos de frente con la plenitud del deber cumplido y de las aspiraciones realizadas. Esa moción tan íntima de cada persona, la que Lisboa llama “madurez”.

Es en últimas una invitación la que hace Lisboa, a partir de su experiencia personal. Una invitación a vivir, y a darle un enorme valor y sentido a la amistad. A darse la oportunidad de vivir la vida que uno quiere vivir. A disfrutar las pequeñas victorias y lecciones en las que humildad y orgullo se licúan en el mismo vaso. A seguir los caminos que haya que seguir, aunque a veces retroceder sea parte del camino. Una invitación a sentarse junto a Gabriel Lisboa a contemplar el océano en una tarde de Miraflores, con un documento en Word vacío al frente, y la única finalidad de construir una historia digna de contar. Lo que Lisboa no sabía, y quizás yo tampoco lo sepa con certeza mientras escribo esto, es que todas las historias son dignas de contar, incluida la que uno mismo tiene que contar.

Adrianella 

viernes, 4 de julio de 2014

"Perder si es ganar un poco"

Septiembre del 2013, inicios de mes. En una cafetería cerca a la Universidad, miraba el partido Colombia-Ecuador, uno de los últimos de la clasificatoria al Mundial. Un partido que ganamos, y que lo gocé con absoluta alegría. Para ese momento, la clasificación era casi un hecho, y de a pocos confiaba más en una Selección Colombia que por muchos años me pareció mediocre, que estaba acostumbrada a perder para ganar un poco. Pues hoy 4 de Julio, hoy mas que nunca, estoy de acuerdo con el "profe" Maturana. Hoy, perder sí es ganar un poco.

Creo que los Colombianos tenemos esa particular capacidad de aferrarnos de manera muy fuerte a las pequeñas alegrías deportivas, y atesorarlas bajo el rotulo de "orgullo patrio". ¿Acaso Mariana Pajón no fue orgullo patrio en Londres 2012 cuando muy poca gente siquiera sabia que era el BMX? ¿Catherine Ibarguen? ¿Nairo Quintana? ¿Rigoberto Urán? Y muchos más que se me escapan. Pequeñas alegrías que unen a un país. Sin embargo, ningún evento deportivo me había generado tanta emoción y me había llenado de tanto orgullo, como colombiana, como la Selección Colombia que hoy sale del mundial. Me llenó de un patriotismo que los colombianos estamos acostumbrados a pisotear, un patriotismo al que nos acostumbramos que nos pisoteen. Porque pregunto: ¿Hubiera indignado tanto la caricatura de la señorita Van Dam, si no hubiera sido porque se metieron con James y Falcao, en pleno mundial?

Yo lo dudo. Tanto nos han dicho en el extranjero "cocainómanos", que a ratos nos lo creemos.

En muchos aspectos, el país en el que viví los últimos 20 días es otro. Dos horas después de que Colombia le ganara a Uruguay el Sábado pasado, me subí a uno de esos taxis que acercan a la gente de la estación de Transmilenio de Alcalá al barrio Colina Campestre. Es incontable la cantidad de veces que he cogido esos mismos taxis, pero ese día sucedió algo particular: eramos cuatro desconocidos discutiendo alegremente de la selección Colombia, del mundial, revisando memes y hablando alegremente de lo que se vendría en el partido que hoy perdimos. En el bus, era frecuente ver conversaciones entre desconocidos también apoyando una misma causa. Es verdad, también han sucedido cosas desagradables en estos días: quienes atracan y chalequean cual si fuera Diciembre, los atentados en Bogotá y en el país que han pasado de agache, las primeras consecuencias de la mermelada reeleccionista, y quienes se los traga la tierra para no enfrentar la justicia. Claro: el fútbol es cortina de humo para que todo esto pase de agache.

Pero el país que sueño e imagino es uno que viva en un eterno mundial de fútbol, que pueda debatir alegremente en un bus y en un taxi sin que nos vayamos a los mechonazos o a las balas por defender ideas que solo nos dividen. Debatir alegremente por un país que en definitiva solo es uno, al igual que la Selección Colombia.

Gracias muchachos. Con ustedes ganamos mucho mas que "un poco".

Adrianella.

domingo, 22 de junio de 2014

¿Un mundo feliz?


“Grande es la verdad, pero mas grande todavía (…) es el silencio sobre la verdad”

“Un mundo feliz” de Aldous Huxley ha resultado ser un libro extrañísimo. De ese tipo de libros que resultan desarrollarse de una manera completamente diferente a la que uno espera. Un libro cuestionador, y que logra lo que pocos logran: volver repulsiva la idea de perfección y eficiencia absoluta.

La expectativa de un libro que habla explícitamente sobre una reflexión a la sociedad se desinfló desde el comienzo: un vocabulario científico, químico y biológico al cual estoy completamente desacostumbrada, provocó que me dieran ganas de renunciar al libro en más de una ocasión. Pero cerca del final, comprendí que el momento en que la obra permitiría debatir sobre la construcción social sólo requería de tenerle  paciencia al texto. De este modo, el mundo feliz planteado por Huxley pasó de ser en primera instancia incomprensible, en medio de la estandarización humana y la creación de “castas humanas” determinadas ambas genéticamente; a ser un mundo feliz hedonista, dominado por los placeres del soma (un alucinógeno sin efectos secundarios), el sexo, el no cuestionamiento al orden establecido y la completa evasión a cualquier tipo de sufrimiento;  a ser finalmente un mundo feliz completamente retorcido y falso, un mundo cimentado deliberadamente bajo una premisa que enuncia: “la felicidad y estabilidad de una sociedad tiene un precio muy costoso: el precio de la verdad y de la belleza”.

El tratamiento que se le da a todo lo “diferente” es otro rasgo característico del libro. Un ejemplo de esto, es que la actitud crítica e inconforme del personaje de Bernard, para toda la sociedad feliz, ese atribuye a que “alguien inyectó alcohol en el sucedáneo de su sangre”. Otro claro ejemplo es El Salvaje, el foráneo, el extranjero: con sus costumbres diferentes, y por el hecho de haber sido concebido mediante un parto normal y no en un laboratorio, el salvaje era objeto de curiosidad para la sociedad feliz y, al final, su conocimiento sobre literatura y las emociones humanas pasionales es catalogado como subversivo para el mundo civilizado. Un tercer ejemplo es Helmholtz, a quien su obsesión por construir historias que inspiran sentimientos melancólicos le valió el exilio, al igual que a Bernard. El cuarto ejemplo es Linda, madre de El Salvaje, originalmente criada en el mundo civilizado pero posteriormente rechazada por éste, al haberse atrevido al "sucio acto" de dar a luz.

Sin embargo, resulta curioso como los administradores más importantes del mundo feliz, siendo más jóvenes, estuvieron al borde de la subversión así como Bernard o Helmholtz. Ellos, los administradores, quienes esconden el conocimiento, el arte y la religión, quienes administran la programación genética y cognitiva de cada casta, admiten haber preferido el poder de administrar al mundo civilizado que subvertir orden establecido, sólo para salvaguardar una idea de sociedad feliz en que cada ser humano sea programado para sentirse satisfecho con la casta en que nació, su labor ejercida, sin deseos excesivos, y sobre todo: una fe ciega en que la sociedad no podría marchar mejor de otra manera. Tal es el punto de control de los administradores sobre los individuos que, a la hora del destierro del mundo civilizado, describen al desterrado prototípico como a “todas las personas que, por una razón u otra, han adquirido excesiva conciencia de su propia individualidad para poder vivir en comunidad. Todas las personas que no se conforman con la ortodoxia, que tienen ideas propias. En una palabra, personas que son alguien”.

Dado todo lo anterior, es inevitable hacerse preguntas y comparaciones con la sociedad actual. No catalogo a Huxley de profético, pero sí es impresionante lo visionaria de su obra, la cual fue escrita en la Europa de entreguerras. Y aún más en tiempos actuales, en que la modificación genética empieza a invadir los más sencillos aspectos de la vida cotidiana. En lo personal, sólo me queda una pregunta. Y sin querer, la respondo parcialmente en el primer párrafo de este escrito:


¿Abolir todo tipo de expresión de individualidad humana es la única manera de lograr una sociedad funcional y feliz? 

Adrianella

domingo, 8 de junio de 2014

¿Seremos más felices entre ataúdes?

Hoy cedo mi espacio en el Adrianellario para dejar unas preguntas que encontré en una columna de opinión titulada "No seremos más felices entre ataúdes", de Christian Valencia, escrita el 2 de Junio. Las coloco sólo porque me aterró reconocer a la gran mayoría de nombres enlistados. Porque es una narración cronológica, nombre a nombre, asesinato a asesinato, de mis 24 años de vida.
En este punto electoral, la cosa es así: la mermelada, o seguir engrosando esta lista. En lo personal, ni sé qué es peor. Lo único que sé, es que la vida siempre está primero.
Espero yo tampoco equivocarme con mi elección el próximo Domingo.
Adrianella.

¿Por quién votarían los muertos de esta guerra fratricida?
¿Por quién votaría Jaime Garzón?
¿Por quién votaría Andrés Escobar?
¿Por quién lo harían Mateo Matamala y Margarita Gómez?
¿Por quién votarían las mujeres asesinadas en Bahía Portete?
¿Por quién votaría Guillermo Cano?
¿Por quién Héctor Abad Gómez?
¿El sargento José Cortez?, que defendió a Romeo Langlois.
¿Y Jaime Jaramillo Ossa?
Y Manuel Cepeda Vargas, ¿por quién?
¿Por quién lo haría Jaime Pardo Leal?
¿Por quién los muertos de El Salado? ¿O los muertos de El Billar?
¿Y los de Trujillo (Valle)?, que bajaban por los ríos para ser recogidos del agua, podridos y sin patria, por la caridad de los marsellenses.
¿Y Los muertos de la toma de Mitú? ¿O los soldados que murieron en Tacueyó?
¿Por quién votaría José Antequera?
¿Los que cayeron en Mapiripán?
¿Por quién votarían los muertos de Nueva Venecia?
Elsa Alvarado y Mario Calderón, ¿por quién votarían?
Y aquella defensora de los Derechos Humanos, Carmenza Trujillo Bernal; o Yolanda Izquierdo, líder de la Organización Popular de Vivienda; u Osiris Jacqueline Amaya Beltrán, maestra wayú, defensora de desplazados, ¿por quién?
La enumeración es injusta porque la lista es interminable.
Más de 220 mil personas que cayeron en esta guerra de tanto tiempo. Y seguimos contando.
CRISTIAN VALENCIA

El artículo original lo encuentran en este link: http://www.eltiempo.com/opinion/columnistas/no-seremos-mas-felices-entre-ataudes/14067519

lunes, 2 de junio de 2014

La responsabilidad de ser colombiano

Regreso con esta entrada, ya con la cabeza fría después de las elecciones de primera vuelta. 

Uno de los comentarios que más me llamó la atención (de toda la gama de comentarios que leí) durante el guayabo electoral de al menos el 80% de los contactos de mi Facebook el domingo de elecciones pasado, decía algo así como que no importaba mucho quien ganara o perdiera, con tal de nunca perder el ánimo de levantarse todos los días a trabajar o estudiar para construir un mejor país.

Más allá de estar o no de acuerdo, el comentario me invitó a pensar de manera más rigurosa de lo que lo venía haciendo, en qué aporta cada ciudadano al bienestar de un país, de éste país. Porque sí: usted, yo, quienes trabajan con usted, quienes trabajan conmigo, y así hasta que completemos 47 millones de personas dentro de ese fragmento de tierra al noroccidente de Suramérica, somos parte de un entramado social llamado Colombia: “Nuestra patria querida” diría Lucho Bermúdez, “país del realismo mágico” para algunos lectores de García Márquez,  “país mediocre” según Santiago Moure y Martín de Francisco, o “país de mierda” como dijo alguna vez César Augusto Londoño. Usted escoge el apelativo, pero eso no lo hace menos colombiano ni le resta importancia como ciudadano.

Mi percepción, después de conversarlo con varias personas, es que tenemos tremendamente subdimensionado el poder individual que cada uno tenemos como personas y como ciudadanos de transformar, de enseñar con el ejemplo. La paz no es firmar un acuerdo bilateral en una isla caribeña sabor a mojito, sino tener la suficiente capacidad de tolerancia (de nuevo, bilateral) para convivir con alguna otra persona (o 47 millones más de ellas). La  prosperidad económica no es hacer una rueda de negocios para repartir las zonas petroleras entre las multinacionales atraídas por la confianza inversionista, sino trabajar o generar empleo de manera responsable y sostenible. Desde este punto de vista, paz y prosperidad se limitan simplemente a una cosa: conocer y ser respetuosos con las reglas de juego, y ese es un ejercicio netamente individual.

Me devuelvo ahora al mismo pantallazo de Facebook del domingo electoral, y al menos la mitad de ese 80% de comentarios de inconformismo con el resultado electoral planteaban, en broma o en serio, la posibilidad de irse del país. Si bien con este tema tengo rabo de paja (porque lo he pensado, más de una vez, y más en serio que en broma), lo cierto del asunto es que irse del país debería ser una convicción de vaya más allá de “me largo de este basurero a desentenderme de Colombia”. En ese sentido, la posición del colombiano es algo acomodada al criticar cuando sufre un atropello, o lo que es peor: a callarse cuando se le da voz.


A veces pienso que los colombianos sencillamente nos acostumbramos a la humillación, como si fuéramos una sociedad acostumbrada a que las personas las silencien con balas o con insultos en el mejor de los casos. Tan acostumbrados a los muertos y a las creativamente violentas formas de asesinato que se ven acá, que un muerto más “qué más da”. Tan burlados constantemente por los gobernantes democráticamente electos que un voto menos para la próxima “qué más da”. Pero en últimas, siempre que usted conozca y sea respetuoso con las reglas de juego, construye más “paz y prosperidad” de lo que podría hacerlo cualquier presidente que se elija. Eso es lo importante, aunque la gran mayoría no lo dimensione.

Adrianella.

domingo, 25 de mayo de 2014

La primera vuelta

Portar una manilla verde, antes de primera vuelta, era más un simbolismo de que estoy cansada de la situación de Colombia: de la pobreza, de la corrupción, de la injusticia, de la inseguridad, de la violencia, del desempleo, de la falta de oportunidades, y de no llamar las cosas por su nombre y esconderlas bajo el mantra de la seguridad democrática. Sabía que, votar por Mockus, más que por estar convencida de sus ideales y de sus métodos, era un signo de repudio todo lo anterior. Sin embargo, y ante la disyuntiva de la propuesta de otro candidato mientras contemplaba el tarjetón, me dejé arrastrar por la ola.

Los resultados de la primera vuelta, ya los sabemos todos. Y me deja muchas preguntas: ¿Cómo es posible que participemos de la política? ¿Es que nos gusta la tortura de saber que estamos siendo engañados y que a nadie pareciera importarle?
(…)

Amanecerá dentro de 4 años y veremos.


Esto lo publiqué en mi Facebook hace 4 años, quien quiera puede buscarlo.

Y cuatro años después les digo algo. Aquí nunca ha mandado Santos. Aquí no va mandar Zuluaga. Acá manda Alvaro Uribe Vélez, tinto en mano. Mandó por ocho años, subió a Santos hace cuatro, y hoy tiene parcialmente montado a su candidato Zuluaga, y una buena parte del Congreso. Fin de la historia. Así es, gústele a quien le guste.

El país de la violencia y la corrupción perpetua.

El país del silencio sangriento con un avergonzante 60% de abstención.

El país al que le mienten en la cara y le importa un bledo.

El país de los montajes y la mermelada.

Este país es una gastritis que ya no vale la pena sufrir.

Adrianella.