Regreso con esta entrada, ya con la cabeza fría después de las elecciones de primera vuelta.
Uno de los comentarios que más me llamó la atención (de toda
la gama de comentarios que leí) durante el guayabo electoral de al menos el 80%
de los contactos de mi Facebook el domingo de elecciones pasado, decía algo así
como que no importaba mucho quien ganara o perdiera, con tal de nunca perder el
ánimo de levantarse todos los días a trabajar o estudiar para construir un
mejor país.
Más allá de estar o no de acuerdo, el comentario me invitó a
pensar de manera más rigurosa de lo que lo venía haciendo, en qué aporta cada
ciudadano al bienestar de un país, de éste país. Porque sí: usted, yo, quienes
trabajan con usted, quienes trabajan conmigo, y así hasta que completemos 47
millones de personas dentro de ese fragmento de tierra al noroccidente de
Suramérica, somos parte de un entramado social llamado Colombia: “Nuestra
patria querida” diría Lucho Bermúdez, “país del realismo mágico” para algunos
lectores de García Márquez, “país mediocre”
según Santiago Moure y Martín de Francisco, o “país de mierda” como dijo alguna
vez César Augusto Londoño. Usted escoge el apelativo, pero eso no lo hace menos
colombiano ni le resta importancia como ciudadano.
Mi percepción, después de conversarlo con varias personas,
es que tenemos tremendamente subdimensionado el poder individual que cada uno
tenemos como personas y como ciudadanos de transformar, de enseñar con el
ejemplo. La paz no es firmar un acuerdo bilateral en una isla caribeña sabor a
mojito, sino tener la suficiente capacidad de tolerancia (de nuevo, bilateral)
para convivir con alguna otra persona (o 47 millones más de ellas). La prosperidad económica no es hacer una rueda de
negocios para repartir las zonas petroleras entre las multinacionales atraídas
por la confianza inversionista, sino trabajar o generar empleo de manera
responsable y sostenible. Desde este punto de vista, paz y prosperidad se
limitan simplemente a una cosa: conocer y ser respetuosos con las reglas de
juego, y ese es un ejercicio netamente individual.
Me devuelvo ahora al mismo pantallazo de Facebook del
domingo electoral, y al menos la mitad de ese 80% de comentarios de
inconformismo con el resultado electoral planteaban, en broma o en serio, la posibilidad
de irse del país. Si bien con este tema tengo rabo de paja (porque lo he
pensado, más de una vez, y más en serio que en broma), lo cierto del asunto es
que irse del país debería ser una convicción de vaya más allá de “me largo de
este basurero a desentenderme de Colombia”. En ese sentido, la posición del
colombiano es algo acomodada al criticar cuando sufre un atropello, o lo que es
peor: a callarse cuando se le da voz.
A veces pienso que los colombianos sencillamente nos acostumbramos
a la humillación, como si fuéramos una sociedad acostumbrada a que las personas
las silencien con balas o con insultos en el mejor de los casos. Tan acostumbrados
a los muertos y a las creativamente violentas formas de asesinato que se ven
acá, que un muerto más “qué más da”. Tan burlados constantemente por los gobernantes
democráticamente electos que un voto menos para la próxima “qué más da”. Pero
en últimas, siempre que usted conozca y sea respetuoso con las reglas de juego,
construye más “paz y prosperidad” de lo que podría hacerlo cualquier presidente
que se elija. Eso es lo importante, aunque la gran mayoría no lo dimensione.
Adrianella.
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