domingo, 11 de mayo de 2014

Carta a la posible madre que seré

Hola Adriana:

Antes de que leas lo que tengo por decirte, quiero que pienses y recuerdes en todos los momentos que has compartido con tu madre. Seguramente la mente se te quede corta de recordar todos y cada uno de los flashback que pueden estar llegando a tu mente. Conoces bien esos flashback, es posible que sean los mismos que tengo ahora mismo, en el momento en que escribo esta carta. De chica, de adolescente, de joven adulta; en los momentos alegres y en los no tan alegres. Tenlos ahí guardados, que luego te los volveré a nombrar.

Adriana, te conozco. Piensas mucho en cómo convertir el mundo en un lugar mejor, es casi que uno de tus temas de conversación favoritos, y una de tus principales angustias es que el mundo sea muy diferente a lo que consideras “un mundo en el cual vivir”. Dentro de ese arsenal de preguntas sin responder que existen en tu mente Adri,  ¿has pensado en el tipo de madre que quieres ser? ¿cómo te gustaría que te vieran tus hijos?
Yo sé que tú piensas que la maternidad es el trabajo más desagradecido que existe. Piensas que los niños sólo son lindos cuando están chiquitos, pero que cuando elaboran su propio criterio y salen al mundo en su edad adolescente, su mundo rebelde construido en la cabeza hace que sean las personas más groseras y odiosas del mundo tanto con padre como madre. ¿Y después? Tu madre pasa a ser esa persona de consejos sabios en momentos malos, y palabrería inocua en los momentos en que todo sale bien. Si lo ves así, claro que es un trabajo desagradecido. Te lo digo con todo el cariño del mundo Adriana: fuiste, y eres, ese tipo de hija. Y lo que no quieres es que tus hijos te vean así. Cuidado que no te estoy diciendo que el cariño a tu madre no sea casi supremo. Pero una cosa no necesariamente implica la otra.

Quizás hayas pensado más en el mundo que quieres para tus hijos, que en tipo de madre que quieres ser para ellos. Quieres un mundo en que tus hijos se puedan educar y se garanticen sus libertades. Pero te digo una cosa, y es que la madre es el mundo entero de un hijo. ¿De qué le sirve a un niño el mundo más perfecto posible, si no le diste lo mejor de su amor durante tu rol de madre? Tu no quieres que tus hijos que se sientan abandonados, solos, melancólicos, no queridos ni mucho menos incapaces. Tú deseas para ellos una infancia tranquila y feliz, sin sobresaltos. Deseas ser ese tipo de madre de la cual sus hijos se alegren al verla llegar.

Y Adri, ¿sabes cómo ser ese tipo de madre? Claro que no. Tu eres de las que piensa que la maternidad es un “learning by doing”, una improvisación, que nadie realmente te prepara para ser madre pero que te dan un pequeño lapso de nueve meses para que aprendas rápido y te hagas a la idea de que el rol es por el resto de tu vida, barriga mediante. Dominas perfectamente la razón, pero la condición humana de la maternidad es otro mundo para ti, que no incluye razón.

Así las cosas, tu piensas que ser madre es desagradecido y que también es un oficio que se aprende sobre la marcha. Pues súmale algo a eso: deben lidiar con sus propias vidas, además. Para ti, ese conjunto de tres cosas te parece completamente de locos.

Y por eso mismo, la maternidad te parece un trabajo tan admirable.

Piensa Adriana que tu mamá aceptó ser madre tuya la cuarta vez que le dijeron que sería madre. ¿Te imaginas aceptar todo eso, incondicionalmente, cuatro veces? No le importó que fuera un trabajo desagradecido, ni que tuviera que aprender por cuarta vez sobre la marcha, ni tener que lidiar con su propia vida, que ya incluía tres hijos más. Para quitársele el sombrero.

Te invito a que regreses a las imágenes del comienzo, a los flashback. No te diré nada al respecto, pero de nuevo te dejaré la pregunta:


¿Qué tipo de madre quieres ser?

Adrianella

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